El Técnico Superior en Comunicación Mariano Danna comparte en GuíaMedia un recorrido personal por las canciones, los recitales y las emociones que marcaron a toda una generación de seguidores de Los Redondos y el Indio Solari.
Por Mariano Danna
No voy a empezar por el principio. Voy a empezar por el final.
Porque nunca estuve preparado para despedirte.
Creo que fue en la primavera alfonsinista ya desgastada de 1988 cuando escuché por primera vez a Los Redondos. En una de aquellas mateadas eternas con compañeros de primaria, en el patio seco de la casa de mi amigo Martín, apareció un casete blanco con letras naranjas. La tapa tenía una Jolly Bell intervenida —años más tarde sabría que era obra de Rocambole— y había llegado a nuestras manos gracias a José, su hermano mayor.
Aquel verano, Bang Bang… Estás Liquidado me atravesó de punta a punta.
Yo apenas entraba en la preadolescencia y no entendía demasiado qué decían aquellas letras, pero había algo en esa mezcla de guitarras, saxo y misterio que sonaba completamente diferente a todo lo que había escuchado hasta entonces.

Los años en que Los Redondos llegaron a mi vida
Después llegó el secundario.
Y con él llegaron las radios, las rocolas, las primeras salidas, los primeros amores y las primeras decepciones. Los Redondos comenzaron a colarse en todos los rincones de la vida. La Mosca y la Sopa sonaba por todos lados. Más tarde, Lobo Suelto, Cordero Atado musicalizó tardes enteras, noches de insomnio y conversaciones interminables. Mientras El Ángel para tu Soledad nos hacía compañía, esperábamos que la negrita bailara hasta el fin y se robara una vez más nuestros cerebros.
Los Redondos no eran solamente una banda. Eran una forma de habitar esos años. Una manera de mirar el mundo desde un pueblo del interior, cuando todavía todo parecía posible y la vida estaba por escribirse.
Luzbelito, Villa María y el bautismo ricotero
Pero el verdadero bautismo llegó en 1996.
La Argentina atravesaba los años más grises del menemismo. Había desocupación, desencanto y una sensación de futuro clausurado. En los pueblos del interior, donde parecía que la vida se resumía al recorrido casa-trabajo-casa, cualquier cosa que rompiera la monotonía se volvía una revolución.
Y entonces apareció Luzbelito.
Con él llegó también la posibilidad de ver a Los Redondos en Villa María, en el interior profundo del interior.
Con mi amigo Kiki nos subimos a un colectivo sin saber que aquel viaje nos convertiría para siempre en ricoteros.
Después vinieron ocho recitales: Villa María por partida doble, Tandil, Santa Fe, Racing, Mar del Plata, River y el Chateau Carreras.
Vinieron también los kilómetros, el barro, los golpes, los abrazos, los amigos, las lágrimas y una explosión de colores humanos que no existía en nuestros pueblos y que, tal vez, nunca volví a ver con la misma intensidad.
Porque el universo ricotero era mucho más que una banda.
Era marginalidad y pertenencia.
Era miedo y libertad.
Era caos y hermandad.
Era la certeza de sentirse parte de algo enorme sin necesidad de explicarlo.
Por eso siempre pensé que el Indio tenía razón cuando decía que el fenómeno sólo podía entenderse participándolo.
Una banda sonora para una generación
Hay experiencias que no se cuentan.
Se viven.
Y punto.
Si tengo algo para agradecerte es haberle puesto banda sonora a una de las etapas más mágicas de mi vida. A esos años en los que todo estaba por suceder y el futuro todavía era una promesa.
La llegada a Villa María para estudiar Comunicación coincidió casi simbólicamente con los últimos años de Los Redondos. Último Bondi a Finisterre, Momo Sampler, la ciudad más ricotera que conocí y una generación que seguía encontrando respuestas —o al menos mejores preguntas— en tus canciones.
Los planetas parecían seguir alineándose.
Mientras estudiaba, trabajaba y empezaba a construir mi propio camino, las canciones de Solari y Beilinson seguían sonando como una banda sonora permanente.
Descifrando el universo del Indio
Los años pasaron.
Tu etapa solista tuvo momentos que disfruté profundamente, pero nunca volvió a provocarme la conmoción emocional de Los Redondos. Quizás porque aquello fue irrepetible. Quizás porque la juventud tiene una capacidad única para sorprenderse.
Con el tiempo llegaron los libros. Los que ayudaban a descifrar parte de aquel universo de símbolos, ironías y criptogramas que habitaban tus letras. Como quien encuentra la punta de un ovillo y empieza lentamente a entender de dónde venía aquella fascinación.
Comprendí entonces que detrás de cada canción había mucho más que una melodía. Había literatura, cine, política, filosofía, humor, crítica social y una mirada del mundo que nos obligaba a pensar.
Las señales antes de la despedida
Ayer, cuando la noticia comenzó a correr, mucha gente me escribió.
Algunos amigos. Otros no tanto.
Todos sabían lo que significabas para mí.
Y en medio de la tristeza apareció una sonrisa pequeña y silenciosa.
Porque si hubo algo coherente en mi vida, fue mi pasión ricotera.
Y fue entonces cuando entendí algo.
Hace apenas unos meses, mientras desarmaba la casa de mis viejos, aparecieron cajas llenas de recuerdos. Entradas, pósters, calcomanías, discos y fotografías. Pequeñas reliquias que seguían esperando en algún rincón del placard de los tiempos.
Como si, antes de apagarte definitivamente como un velador, me hubieras dejado algunos guiños.
No creo demasiado en las señales.
Tampoco en los golpes místicos.
Pero aun sabiendo que el Parkinson te venía castigando desde hacía años, nunca estuve preparado para este momento.
Me dejaste un lado Solari de la vida
Me dejaste un lado Solari de la vida.
Una manera de mirar el mundo.
Una brújula imperfecta sobre lo que está bien y, sobre todo, sobre lo que está mal.
Un manual de uso para atravesar ciertas tormentas.
Me dejaste la ironía como refugio.
La desconfianza frente a los discursos cómodos.
La certeza de que la cultura también puede ser resistencia.
Y la convicción de que algunas canciones son capaces de acompañarnos durante toda una vida.
Aunque te sigamos viendo, escuchando y encontrando en canciones, libros, frases, recuerdos y amigos, sé que algo se terminó.
Pero también sé que algo permanece.
Porque cuando ya no haya dolor, seguirán las canciones.
Adieu.
Bye bye.
Auf Wiedersehen.
Querido Indio.
Mi genio amor.
Mariano Danna es Técnico Superior en Comunicación y colaborador de GuíaMedia. Esta columna refleja una experiencia personal atravesada por la música, los recitales y el fenómeno cultural que representaron Los Redondos para toda una generación.

